La guerra en Medio Oriente dejó de ser un tema lejano. Aunque el conflicto ocurre a miles de kilómetros, en México ya empieza a sentirse en lo más cotidiano: el costo de vida. En las últimas semanas, llenar el tanque cuesta más, el súper rinde menos y moverse por la ciudad implica gastar más. No es una percepción aislada, sino el efecto directo de una tensión internacional que está presionando el precio del petróleo y, con ello, toda la cadena económica. Cuando sube la energía, sube todo.
Del petróleo a tu bolsillo
El punto de quiebre está en el mercado energético. Las tensiones en rutas clave como el estrecho de Ormuz han encarecido el petróleo a nivel global, generando incertidumbre en el suministro y elevando los precios. México, aunque es productor, depende en gran medida de combustibles importados, lo que lo vuelve especialmente vulnerable a este tipo de crisis.
Suben productos básicos y movilidad mientras el ingreso real pierde capacidad
Ese impacto ya se puede medir en algo muy concreto: el precio de la gasolina. Hoy, en promedio nacional, el litro de gasolina Magna ronda los 23.7 pesos, la Premium supera los 27 pesos, y el diésel ya se acerca a los 28.5 pesos por litro.
El impacto no tarda en trasladarse. La gasolina sube, el transporte se encarece y eso, a su vez, incrementa los costos de distribución de prácticamente todos los productos. El resultado es una cadena que termina golpeando directamente al consumidor: alimentos más caros, servicios más costosos y una presión constante sobre el gasto diario. No se trata de un solo aumento aislado, sino de un efecto sistémico.
El centro del país lo resiente más
En el centro del país, el impacto no es una teoría: ya es parte de la rutina. En ciudades como la Ciudad de México y Puebla, donde el consumo es alto y la movilidad es constante, el encarecimiento se siente en distintos frentes al mismo tiempo.
En la capital del país, el costo de moverse en aplicaciones de transporte ha subido de forma visible. Un trayecto promedio que hace unos meses podía costar entre 80 y 120 pesos, hoy fácilmente se mueve entre 110 y 160 pesos, dependiendo de la hora. Comer fuera también refleja el ajuste: una comida corrida que rondaba los 80 o 90 pesos ahora se encuentra más cerca de los 110 o 130 pesos, mientras que productos básicos como el kilo de tortilla ya supera los 22 pesos en varias zonas.

En Puebla, el fenómeno sigue la misma lógica, aunque con matices locales. El transporte diario —incluyendo taxis o plataformas— también ha incrementado, con trayectos que ya superan los 90 o 120 pesos en recorridos comunes.
Pero donde más se percibe el golpe es en la despensa básica. El kilo de jitomate ya se mueve entre 28 y 35 pesos, mientras que el tomate verde puede alcanzar los 40 pesos por kilo en algunos mercados. El huevo ronda los 45 a 50 pesos, y productos de consumo cotidiano como los refrescos también han subido: una botella de Coca-Cola de 2 litros ya se vende entre 38 y 42 pesos, y su equivalente de Pepsi se encuentra entre 30 y 35 pesos, dependiendo del punto de venta.
El gas LP para uso doméstico también mantiene presión constante, lo que termina por encarecer aún más la preparación de alimentos en casa. Así, lo que antes parecía un ajuste aislado, hoy se siente como una tendencia clara: todo empieza a subir al mismo tiempo. Moverse, comer, comprar lo básico. Y el efecto es acumulativo. No es un solo gasto, son todos.
Todo sube… menos los ingresos
El problema no es solo que todo esté más caro, sino que los ingresos no están creciendo al mismo ritmo. En 2026, el salario mínimo en México ronda los 9,582 pesos mensuales, pero en la práctica, millones de personas —especialmente en sectores de servicios, comercio e informalidad— viven con ingresos que van de los 6,000 a 10,000 pesos al mes.
Aquí es donde la brecha se vuelve evidente.
Con un ingreso de ese nivel, llenar un tanque de gasolina puede representar más de una cuarta parte del salario semanal. Una despensa básica —considerando huevo, tortilla, jitomate, refrescos y otros esenciales— puede superar fácilmente los 800 a 1,200 pesos por semana para una familia pequeña. Y si a eso se suman transporte, renta y servicios, el margen simplemente desaparece.
Hace no mucho, ese mismo ingreso alcanzaba para cubrir lo esencial con cierta holgura. Hoy, apenas alcanza. Lo que antes rendía para una semana completa, ahora se diluye en menos días. Y ese ajuste no es menor: cambia hábitos, prioridades y calidad de vida.
El resultado es una presión constante sobre el poder adquisitivo. Se reduce el consumo, se prioriza lo básico y todo lo demás pasa a segundo plano. No es solo inflación. Es una reconfiguración de cómo viven millones de personas.

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¿Puede empeorar?
El escenario aún tiene margen para tensarse más. Si el conflicto se prolonga o escala, el impacto podría dejar de ser temporal para convertirse en una presión sostenida sobre energía, alimentos y servicios. Esto no solo mantendría los precios elevados, sino que también podría desacelerar el crecimiento económico.
Cuando el consumo se contrae, las empresas venden menos, la inversión se vuelve más cautelosa y la economía en su conjunto pierde dinamismo. Es un efecto en cadena que comienza en el precio del petróleo, pero termina afectando múltiples capas de la vida económica.
Más allá de la narrativa geopolítica, hay una dimensión menos visible pero más cercana: el costo real de vivir. La guerra no solo redefine alianzas o estrategias internacionales, también redefine cuánto cuesta moverse, alimentarse y sostener una rutina.
Ahí es donde esta historia deja de ser lejana. No está en los discursos ni en las negociaciones, sino en la experiencia diaria de millones de personas. Porque sí, todo está subiendo. Y no, los sueldos no están alcanzando.


