Kira Benson sabía que su matrimonio había llegado a su fin. Tenía 27 años, vivía en Seattle y lo que necesitaba hacer era terminar las cosas. Lo que quizá no esperabas es cómo terminó esa noche: ella y la amante de su exmarido comiendo comfort food y jugando Animal Crossing juntas. Sin drama, sin llanto en el baño, sin llamarle veinte veces. Solo dos personas cerrando un capítulo con una dignidad que francamente da envidia.
Y no, esto no es un caso aislado ni una historia sacada de una serie de Netflix. Es, básicamente, el manual no oficial de cómo la generación Z está viviendo el divorcio.
El divorcio ya no es el final del mundo, es un nuevo capítulo
Los miembros más grandes de la Gen Z ya andan en los veintitantos, edad suficiente para haberse casado y también para haberse dado cuenta de que quizá fue mala idea. Y lo que los distingue de generaciones anteriores no es solo que se divorcien, sino la actitud con la que lo hacen: sin vergüenza, sin esconderse y, en muchos casos, convirtiéndolo en parte de su identidad pública.
Michel Janse, creadora de contenido de 28 años, lleva años siendo completamente abierta sobre su divorcio en redes. Incluso después de volverse a casar, sigue describiendo su canal con la frase “encontré el amor después del divorcio”, porque para ella esa experiencia es parte fundamental de quien es. No algo que tapar. No un fracaso. Un capítulo que la define.
Y tiene sentido si lo piensas: esta es la generación que creció viendo a Sophie Turner salir de su divorcio con Joe Jonas completamente reinventada, y a Emily Ratajkowski convertir literalmente su anillo de compromiso en un anillo de divorcio. El mensaje que se lleva la Gen Z de todo eso es claro: puedes terminar algo y salir mejor de lo que entraste.
Jackie Combs, abogada especializada en derecho de familia que trabajó precisamente con Ratajkowski, lo dice sin rodeos: el tabú del divorcio lleva tiempo muerto. Las personas hoy lo ven como una transición, un nuevo capítulo, y no como algo de lo que haya que avergonzarse.

¿Por qué se divorcian? y no, no es por infidelidad
Aquí viene lo interesante. Si el divorcio clásico de generaciones anteriores solía tener un villano claro, una infidelidad, una traición obvia, el de la Gen Z es mucho más matizado y, en cierta forma, más honesto.
Grant Moher, abogado de familia con más de dos décadas de experiencia, ha notado un cambio muy concreto: la infidelidad aparece cada vez menos como motivo de divorcio entre parejas jóvenes. Lo que sí aparece, con mucha más frecuencia, es el bienestar emocional. Términos como “lenguajes del amor”, “gaslighting” o “comportamiento narcisista” se cuelan en las conversaciones legales con una naturalidad que hace unos años habría sido impensable.
¿Que a veces eso significa llamarle narcisista a alguien que simplemente es algo egoísta? Puede. Pero también significa que esta generación está poniendo nombre a dinámicas que generaciones anteriores simplemente aguantaban en silencio.
Megan Wallace, autora londinense de 29 años que escribe sobre los rituales amorosos de la Gen Z, apunta a algo más estructural: esta es una generación que creció durante una pandemia, en medio de una incertidumbre económica brutal y con las redes sociales mostrándoles en tiempo real todas las vidas que podrían estar viviendo. “Nos desplazamos por el feed y vemos a una chica viviendo en un velero en Maine y a otra en un rascacielos en Nueva York”, explicó Janse. “Eso hace que sea más fácil visualizar un cambio”.
Y cuando puedes visualizar el cambio, es más difícil quedarte donde no quieres estar.
Rápido, limpio y sin hijos de por medio
Otra cosa que distingue a los divorcios Gen Z, según los abogados que los procesan, es la forma en que los ejecutan. Combs y Moher coinciden: esta generación quiere divorcios rápidos y eficientes. Sin alargar el proceso, sin batallar años en tribunales. Lo deciden, lo hacen y siguen adelante.
Logísticamente también es diferente. Pocos bienes que dividir, bastante deuda estudiantil, algo de cripto y, en la mayoría de los casos, sin hijos en la ecuación. Es una ruptura más limpia en términos prácticos, aunque no necesariamente más fácil emocionalmente.
Pero tampoco es cosa de tomárselo a la ligera
Aquí es donde la narrativa se complica un poco, y está bien que se complique. Nicole Mitchell, presentadora de podcast de 26 años que se casó a los 18 y se divorció año y medio después, no está del todo de acuerdo con la idea de que si algo no se siente perfecto, simplemente lo dejas.
“Se ha vuelto un poco triste que solo importe sentirse bien”, dijo. “No creo que encuentres las cosas más significativas simplemente haciendo lo que te hace sentir bien en el momento”.
Y Jamie Spiker, de 25 años, que pasó por un divorcio después de cinco años de matrimonio, rechaza la idea de que sea la salida fácil. Porque no lo es. “Es irreversible, muy caro, es un desastre. Todo cambia en tu vida”, resumió Janse. Sin filtros, sin romanticismo innecesario.
Lo que sí hace la Gen Z diferente no es que tome el divorcio menos en serio. Es que lo toma de una manera distinta: sin culpa, sin esconderse, y con la convicción de que terminar algo que no funciona no es rendirse. Es, quizá, la decisión más honesta que puedes tomar.
Y si de paso puedes cerrarlo jugando Animal Crossing con la mejor aliada inesperada de tu historia, pues mejor.


